Hay frases cortas que pesan toneladas. “Te amo”. “Perdóname”. “Necesito ayuda”. “No estoy bien”. Y una de las más difíciles de todas: “Me equivoqué”. Curioso, ¿no? Son apenas dos palabras. No requieren un doctorado, no tienen una estructura gramatical compleja, no necesitan una presentación de PowerPoint ni un comité de aprobación. Pero cuando llega el momento de decirlas en voz alta, algo dentro de nosotros se resiste. La garganta se cierra. La mente empieza a buscar argumen