Hay cargas que nadie ve. No pesan en la espalda, pero te doblan por dentro. No aparecen en una radiografía, pero enferman tu manera de pensar. No hacen ruido, pero te roban paz. No se notan en una reunión, una foto familiar o una publicación en redes, pero están ahí: acumulándose. Una de esas cargas es la de ocultar tus fallas. Y no hablo solo de errores escandalosos, públicos o moralmente graves. Hablo también de esas pequeñas fallas que decidimos esconder todos los días: un