Vivimos en una cultura extraña. Todos sabemos que fallamos, pero casi nadie quiere admitirlo. Todos sabemos que la regamos, que hemos tomado malas decisiones, que hemos dicho cosas que no debimos decir, que hemos callado cuando debimos hablar, que hemos exagerado, escondido, fingido o huido. Pero, aun así, seguimos actuando como si equivocarnos fuera una rareza. Como si el error fuera una excepción. Como si fallar nos sacara del grupo de los “buenos”, de los “capaces”, de los