top of page

¿Y si hablamos en serio de nuestros errores?

Vivimos en una cultura extraña.


Todos sabemos que fallamos, pero casi nadie quiere admitirlo. Todos sabemos que la regamos, que hemos tomado malas decisiones, que hemos dicho cosas que no debimos decir, que hemos callado cuando debimos hablar, que hemos exagerado, escondido, fingido o huido. Pero, aun así, seguimos actuando como si equivocarnos fuera una rareza.


Como si el error fuera una excepción.


Como si fallar nos sacara del grupo de los “buenos”, de los “capaces”, de los “maduros”, de los “espirituales”, de los “profesionales”, de los “líderes confiables”.


Y, honestamente, creo que esa mentira nos está enfermando.


No me refiero a que debamos vivir celebrando nuestras metidas de pata. Tampoco estoy diciendo que el error no importe, que no tenga consecuencias o que podamos andar por la vida lastimando gente y luego resolverlo todo con una frase simpática: “¡Mala mía!”.


No. Eso sería irresponsabilidad disfrazada de autenticidad.


Lo que sí estoy diciendo es que necesitamos aprender a hablar en serio de nuestros errores. Sin maquillaje. Sin teatro. Sin excusas. Sin ese “pero es que…” que usamos para suavizar la verdad y salir mejor parados en la foto.


Porque mientras no hablemos en serio de nuestros errores, seguiremos atrapados en una vida de apariencia.


Y actuar cansa. El peso de fingir que todo está bien


Yo sé lo que es fingir.


Sé lo que es cometer un error y sentir inmediatamente esa mezcla rara de vergüenza, miedo y autoprotección. Primero aparece la pregunta: “¿Qué hice?”. Luego llega otra más peligrosa: “¿Cómo hago para que nadie se entere?”.


Ahí empieza el problema.


Porque muchas veces el error inicial no es lo que más daño causa. Lo que más destruye es lo que hacemos después: esconder, justificar, maquillar, culpar, negar, minimizar o construir una versión editada de la historia donde nosotros no quedemos tan mal.


Lo he hecho. Más veces de las que me gustaría reconocer.


He intentado verme mejor de lo que estaba. He tratado de parecer más seguro de lo que me sentía. He querido proyectar control cuando por dentro estaba lleno de miedo. He dicho “todo bien” cuando en realidad no estaba bien. He guardado silencio para proteger mi imagen, no para proteger la verdad.


Y tal vez tú también.


Quizá no falsificaste una identificación para entrar a una bóveda de un banco, como me pasó a mí en uno de mis primeros trabajos. ¡Mala mía! Pero tal vez sí has falsificado una sonrisa, una versión de tu matrimonio, una imagen profesional, una seguridad emocional o una espiritualidad impecable que no corresponde con lo que realmente estás viviendo.


Tal vez no mentiste abiertamente. Pero omitiste.

Tal vez no engañaste a otros. Pero sí te engañaste a ti mismo.

Tal vez no dijiste: “soy perfecto”. Pero te esforzaste demasiado para que nadie notara tus grietas.


Y aquí está la pregunta incómoda: ¿qué parte de tu vida estás sosteniendo con apariencia?


Ocultar errores no nos protege; nos aísla

Durante años pensé que esconder mis errores era una forma de protegerme. Proteger mi reputación. Proteger mi liderazgo. Proteger mi matrimonio. Proteger mi autoridad. Proteger mi imagen.


Pero con el tiempo he descubierto algo: esconder el error no protege la relación; la debilita. No protege el liderazgo; lo vuelve frágil. No protege el alma; la agota.


La investigación también apunta en esa dirección. Estudios sobre ocultamiento emocional han mostrado que esconder información personal relevante y sostener una imagen falsa puede aumentar el agotamiento psicológico y disminuir el bienestar emocional. Amy Edmondson, profesora de Harvard, ha documentado que los equipos donde no se puede hablar de errores pierden seguridad psicológica, innovación y aprendizaje. Y distintas investigaciones en psicología organizacional han mostrado que los líderes que reconocen errores y modelan aprendizaje ayudan a crear culturas más adaptativas y resilientes.


Pero seamos honestos: no necesitábamos tantos estudios para intuirlo.


Lo sabemos por experiencia.


Cuando en una familia nadie puede reconocer errores, la casa se llena de tensión.

Cuando en una empresa nadie puede decir “me equivoqué”, la gente empieza a esconder problemas hasta que explotan.


Cuando en un matrimonio nadie sabe pedir perdón, el amor se va llenando de facturas emocionales pendientes.


Cuando un líder nunca admite que falló, su equipo aprende a fingir.


Y cuando una persona vive escondiendo sus errores, termina sola. Rodeada de gente, sí, pero sola. Porque nadie puede amar, acompañar o ayudar a una versión falsa de nosotros.


La conexión real necesita verdad.


No eres tu peor error

Aquí necesito decir algo con mucha claridad: tú no eres tu peor error.


Tu error importa. Tus decisiones tienen consecuencias. La gente que lastimaste no debería ser minimizada. El daño que causaste necesita ser reconocido. Pero tu error no tiene por qué convertirse en tu identidad definitiva.

  • Una cosa es decir: “fallé”.

  • Otra muy distinta es decir: “soy un fracaso”.

  • Una cosa es decir: “mentí”.

  • Otra cosa es decir: “soy irredimible”.

  • Una cosa es decir: “lastimé a alguien”.

  • Otra cosa es decir: “ya no hay nada bueno en mí”.


La culpa bien procesada puede llevarnos a la responsabilidad. La vergüenza mal procesada nos lleva al escondite.


Y muchos no estamos creciendo porque no estamos procesando nuestros errores; solo los estamos escondiendo. Los metemos en una caja interna, cerramos la tapa, nos sentamos encima y seguimos con la vida. Pero lo no procesado no desaparece. Se acumula. Se filtra. Sale en forma de irritabilidad, control, sarcasmo, ansiedad, distancia emocional, cinismo o autosabotaje.


Por eso necesitamos una nueva conversación.


No una conversación donde romantizamos el error.


Una conversación donde aprendemos a hacer algo útil con él.


Decir “mala mía” es apenas el comienzo

Me gusta la expresión “¡Mala mía!” porque tiene algo poderoso: reconoce responsabilidad sin convertir la vida en un funeral.


Cuando alguien en una cancha de basketball dice “mala mía”, está diciendo: “Ese pase fue mío. Esa pérdida fue mía. Esa decisión fue mía. Lo reconozco. Sigamos jugando”.

  • No se queda paralizado en la culpa.

  • No culpa al compañero.

  • No da una conferencia para justificar la jugada.

  • Lo reconoce y vuelve a involucrarse.

  • Ese es el espíritu que necesitamos recuperar.


Decir “mala mía” no significa tomar el error a la ligera. Significa asumirlo sin disfrazarlo. Significa dejar de gastar energía en parecer inocente y empezar a invertir energía en reparar, aprender y crecer.


La pregunta no es si vas a fallar.


Vas a fallar.


La pregunta es qué vas a hacer después.

  • ¿Vas a esconderte o vas a asumir?

  • ¿Vas a justificarte o vas a reparar?

  • ¿Vas a culpar a otros o vas a mirar hacia dentro?

  • ¿Vas a dejar que el error te endurezca o vas a permitir que te despierte?


Preguntas para reflexión personal o grupal

Te invito a no leer esto rápido. Haz una pausa. Piensa. Escribe si puedes.

  1. ¿Cuál es un error que todavía te cuesta reconocer sin justificarte?

  2. ¿Qué imagen has estado tratando de proteger?

  3. ¿A quién afectó tu error, directa o indirectamente?

  4. ¿Qué has hecho después: esconder, reparar, pedir ayuda, culpar, aprender?

  5. ¿Qué conversación pendiente necesitas tener?

  6. ¿Qué cambiaría en tu familia, equipo o liderazgo si fueras más honesto con tus errores?

  7. ¿Qué historia quieres contar en el futuro sobre este momento: una historia de evasión o una historia de crecimiento?


Si estás leyendo esto en grupo, conversen con honestidad: ¿qué tipo de cultura están construyendo? ¿Una donde la gente puede decir “me equivoqué” y aprender, o una donde todos esconden sus fallas para sobrevivir?


El inicio de algo nuevo

Tal vez tu error no es el final de tu historia.

Tal vez es el lugar donde por fin dejaste de actuar.

Tal vez es la grieta por donde puede entrar la luz.

Tal vez lo que más vergüenza te da mirar es precisamente lo que más necesitas procesar para crecer.


No tienes que contárselo todo a todo el mundo. Eso no sería sabio. Pero sí necesitas dejar de esconderte de ti mismo. Necesitas encontrar espacios seguros, personas maduras y conversaciones honestas donde puedas decir la verdad completa, no la versión editada.

Porque no se crece desde la apariencia.

Se crece desde la verdad.


Y quizá la frase más poderosa que puedes decir esta semana no sea “todo está bien”, sino algo mucho más honesto:

“Me equivoqué. Me dolió. Lo hice mal. Necesito reparar. ¡Mala mía!”.


Ese puede ser el comienzo de una nueva historia.


Si este tema tocó algo en ti, te invito a seguir esta conversación en mi libro ¡Mala mía!, una reflexión honesta sobre la comparación, el perfeccionismo, las apariencias y el poder de crecer desde nuestros errores. No escribí este libro porque tenga todo resuelto. Lo escribí porque estoy convencido de que fingir nos está costando demasiado caro.


Hablemos en serio de nuestros errores. Tal vez ahí empiece la libertad.


Comentarios


  • LinkedIn
  • Twitter
  • Facebook
  • https://youtube.com/@alemendozamentor

©Ale Mendoza 2026

bottom of page