Claridad antes que velocidad
- Alejandro Mendoza
- 1 ene
- 4 Min. de lectura
Por qué ejecutar rápido sin claridad sale caro
Vivimos obsesionados con la velocidad. Todo urge. Todo es “para ayer”. Todo parece competir por atención inmediata. Y sin embargo, después de más de 25 años acompañando líderes, equipos y organizaciones, sigo viendo el mismo patrón repetirse una y otra vez:
La mayoría de los problemas de ejecución no nacen de la lentitud, sino de la confusión.
Ejecutamos rápido… pero mal. Nos movemos mucho… pero avanzamos poco. Corremos… pero en círculos.
Este artículo abre una serie que he titulado “Ver claro, decidir bien y ejecutar con constancia”, porque estoy convencido de algo incómodo pero liberador:
La claridad no retrasa la ejecución. La hace posible.
El mito peligroso de “movernos rápido”
En muchas organizaciones —y también en la vida personal— se ha instalado una idea silenciosa pero poderosa: si no estamos avanzando rápido, estamos fallando.
Así que:
Tomamos decisiones incompletas
Lanzamos proyectos mal definidos
Asignamos responsabilidades ambiguas
Pedimos resultados sin haber acordado expectativas
Todo en nombre de la agilidad.
El problema es que la velocidad sin claridad no es agilidad; es improvisación.
Y la improvisación sistemática siempre se paga.
Se paga en:
Retrabajo
Frustración
Conflictos innecesarios
Desgaste emocional
Pérdida de credibilidad
He visto equipos agotados no porque trabajen poco, sino porque trabajan sobre cosas que nunca estuvieron claras desde el inicio.
La factura oculta de la falta de claridad
La confusión rara vez aparece en los reportes.No suele medirse.No tiene KPI propio.
Pero deja huellas muy claras:
Personas que hacen “lo que entendieron”
Reuniones eternas para corregir malentendidos
Expectativas implícitas que luego se convierten en reclamos
Líderes que “persiguen” porque nadie se siente realmente dueño
Aquí una verdad incómoda que repito constantemente en procesos de mentoring:
Cada vez que algo sale mal, casi siempre alguien puede decir: “yo pensé que…”
Ese “yo pensé que” es el sonido de la claridad ausente.
Claridad no es rigidez (es respeto)
A veces escucho esta objeción:
“Si nos detenemos tanto a clarificar, perdemos flexibilidad”.
No estoy de acuerdo.
La claridad no mata la flexibilidad. La claridad reduce la fricción innecesaria. Cuando las cosas están claras:
Hay menos interpretaciones personales
Hay menos defensividad
Hay más autonomía real
Hay mejores decisiones en el camino
Como decía Peter Drucker, “lo más importante en la comunicación es escuchar lo que no se dice”.Y lo que muchas veces no se dice… pero se asume… es precisamente lo que más problemas genera.
La claridad es una responsabilidad del liderazgo
Aquí va otra afirmación que incomoda:
La claridad no es responsabilidad del equipo. Es responsabilidad del líder.
No del líder que controla, sino del líder que piensa antes de pedir acción. Uno de los grandes aportes de Larry Bossidy fue insistir en que la ejecución no es una etapa posterior a la estrategia, sino una conversación continua de claridad.
Cada vez que lidero un proceso de ejecución disciplinada, vuelvo a las mismas tres preguntas básicas —y brutalmente efectivas—:
¿Qué es lo verdaderamente importante aquí?
¿Cómo se ve “bien hecho”?
¿Qué se espera exactamente —y de quién—?
Si esas preguntas no tienen respuestas claras, todo lo que sigue es ruido.
Confundir actividad con avance
Uno de los errores más comunes que veo es este:
Mucha actividad, poco progreso.
Agendas llenas. Correos interminables. Reuniones una tras otra.
Pero cuando preguntas:
“¿Qué estamos buscando lograr realmente?”
“¿Cuál es la prioridad número uno?”
“¿Cómo sabremos si avanzamos esta semana?”
Las respuestas se diluyen.
La claridad ordena la energía. Sin claridad, la energía se dispersa.
Y la dispersión, aunque se vea como movimiento, rara vez produce resultados.
Claridad también es decir “no”
Hablar de claridad implica hablar de renuncia. Porque clarificar no es solo definir qué sí, sino decidir conscientemente qué no.
Muchos líderes evitan este paso por miedo:
A decepcionar
A perder oportunidades
A quedar mal
Pero el costo de no decidir es siempre mayor. Cuando todo es importante, nada lo es.Cuando todo avanza, nada avanza de verdad. La claridad exige valentía.Y la valentía se nota en las decisiones incómodas.
Una experiencia personal
Permíteme hacerlo personal. En distintos momentos de mi vida profesional he caído en la trampa de “avanzar rápido”. He dicho que sí cuando no estaba claro el alcance.He asumido expectativas que nunca se verbalizaron. He arrancado proyectos con entusiasmo… pero con definiciones pobres.
¿El resultado?
Meses después, ajustes dolorosos que se pudieron evitar con 30 minutos de claridad al inicio. Aprendí —a veces a la mala— que: La claridad es un acto de humildad: reconocer que pensar antes de actuar no es perder tiempo, es ganarlo.
Tres niveles de claridad que todo líder debe cuidar
Quiero dejarte un marco simple que uso constantemente:
Claridad de propósito
¿Para qué estamos haciendo esto?
¿Qué problema real buscamos resolver?
Claridad de resultado
¿Cómo se ve el éxito?
¿Qué criterios definen que esté bien hecho?
Claridad de acción
¿Cuál es el siguiente paso concreto?
¿Quién es responsable?
¿Para cuándo?
Si uno de estos niveles falla, la ejecución se resiente.
Preguntas incómodas (pero necesarias)
Déjame incomodarte un poco —con respeto, pero con intención—:
¿Qué cosas estás ejecutando hoy que nunca estuvieron realmente claras?
¿Qué conflictos actuales nacieron de expectativas implícitas?
¿Dónde estás pidiendo resultados sin haber definido criterios de éxito?
¿Qué decisiones estás postergando por miedo a incomodar?
No te las hago para culparte, sino para despertarte.
Acción práctica (no negociable)
No quiero cerrar este artículo solo con ideas. Quiero que hagas algo hoy.
Ejercicio de claridad (15–20 minutos)
Toma una sola prioridad actual (personal o profesional) y escríbela respondiendo esto:
Resultado esperado:“Al final de este periodo, sabré que fue exitoso si…”
Criterio de éxito:“Se verá bien hecho cuando…”
Primer paso concreto:“El siguiente paso específico que haré es…”
Si no puedes responder estas tres cosas con claridad, no ejecutes todavía.Primero piensa. Luego actúa.
La claridad como forma de respeto
Quiero cerrar con esta idea: Clarificar no es microgestionar. Es respetar el tiempo, la energía y la inteligencia de las personas.
La claridad honra a los equipos. La confusión los desgasta.
Y si de verdad queremos ejecutar con constancia, el punto de partida no es la disciplina…es la claridad.
En el próximo artículo hablaremos de enfoque radical: por qué elegir poco es una de las decisiones más estratégicas que puedes tomar hoy.
Por ahora, quédate con esto:
La confusión siempre se paga en la ejecución.
La claridad, en cambio, genera movimiento con sentido.
Nos leemos.




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