El veneno silencioso del orgullo
- Alejandro Mendoza
- 15 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Cómo nos desconecta sin que lo notemos
Hay una escena en ¡Mala Mía! que muchos lectores me han dicho que les dolió más de lo que esperaban: aquel momento en el que, dominado por el cansancio, el estrés, la inseguridad y unas heridas que no había sanado, reaccioné con dureza y terminé expulsando a mi suegra de la casa en pleno invierno, a días del nacimiento de mi hija Isa. No fue mi mejor versión. Fue un “¡Mala mía!” monumental. Pero lo más doloroso no fue el hecho, sino lo que reveló: el orgullo se había sentado al volante de mi vida sin que yo lo notara.
El orgullo no siempre llega disfrazado de soberbia abierta. A veces aparece como ese pequeño impulso de querer tener la razón, ese rechazo a admitir un error, ese deseo casi automático de proteger la fachada para no sentirnos expuestos. Y, cuando opera desde dentro, produce lo que en el libro llamo nuestro Venom interno: una toxina emocional que se alimenta de nuestras inseguridades y termina debilitando nuestras relaciones, nuestra capacidad de liderar y hasta nuestra paz interior.
¿Qué dice la ciencia sobre el orgullo que no queremos admitir?
En el capítulo, cito una investigación fascinante: el síndrome de hubris, estudiado por David Owen y Jonathan Davidson, quienes analizaron la vida de presidentes y primeros ministros durante un siglo completo. Encontraron patrones claros de cómo el poder, sumado al orgullo, deteriora la capacidad de juicio, afecta las relaciones cercanas y distorsiona la percepción de realidad.
El hallazgo más inquietante: cuando una persona necesita empequeñecer a otros para sentirse grande, no está celebrando un logro… está operando desde una identidad herida.
Y esa herida, cuando no se atiende, se convierte en un ciclo que se retroalimenta.
Cómo opera realmente el orgullo interno
En el capítulo 4 describo con crudeza cómo el orgullo se manifiesta:
Me impedía pedir ayuda.
Me impulsaba a minimizar a otros para esconder mis propias inseguridades.
Me llevaba a defender lo indefendible para no parecer vulnerable.
Me empujaba a controlar situaciones que no necesitaban control, solo diálogo.
Lo más doloroso: el orgullo nos desconecta emocionalmente. Nos aísla. Levanta un muro invisible entre lo que sentimos y lo que mostramos.
Según John Gottman, el desprecio —una expresión clara del orgullo— es uno de los cuatro jinetes que predicen el divorcio con mayor precisión. Y no solo afecta matrimonios: erosiona equipos, amistades, relaciones familiares y vínculos laborales.
Cuando el orgullo lidera, todos pierden
Los datos organizacionales son contundentes:
Solo el 23% de los empleados en el mundo está comprometido con su trabajo, y una de las razones más repetidas es la arrogancia o indiferencia de sus líderes.
El 42% de la rotación voluntaria se debe a jefes que jamás conversaron sobre satisfacción o futuro con su equipo.
El orgullo destruye más de lo que creemos.
Preguntas de reflexión personal
¿En qué momentos recientes me ha costado pedir perdón?
¿Qué situaciones detonan mi necesidad de controlar o “tener la razón”?
¿Qué relación podría mejorar si bajara mi defensa y mostrara vulnerabilidad?
¿Qué miedos están detrás de mis reacciones orgullosas?
Aplicaciones prácticas para esta semana
1. Haz un gesto concreto de humildad.Pide feedback a alguien cercano y escucha sin justificarte. Solo escucha.
2. Pide perdón primero.El orgullo nos hace esperar a que el otro dé el primer paso. Da tú el tuyo. Aunque te incomode.
3. Practica la frase “tienes razón, no lo había visto así”.Úsala al menos dos veces esta semana. Te sorprenderá lo que desbloquea.
Antes de que te vayas
El orgullo no es solo un rasgo de carácter. Es una fuerza que, si no la reconocemos, nos domina. Pero si la enfrentamos, se convierte en una puerta abierta a la autenticidad.
Si este artículo te tocó una fibra, el capítulo completo del libro irá aún más profundo —y con historias más crudas— para ayudarte a trabajar en la raíz del orgullo, no solo en los síntomas.
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